El color de un vino tiene un papel más bien secundario en cuanto al placer que proporciona su consumo, puesto que, visto de forma objetiva, no influye en su sabor. En cambio, en la degustación, el color es un indicador determinante de la calidad que muchas veces es menospreciado, a pesar de que en la elaboración, maceración y crianza del vino, las sustancias aromáticas y los pigmentos estén estrechamente relacionados. Según el color y la concentración gustativa, se puede deducir la cosecha, las variedades de uva, la elaboración y la edad de un vino, siempre, eso sí, que el color sea natural y no haya sido manipulado con aditivos o enzimas.
En líneas generales cuanto más denso y oscuro es el color del vino tinto, mayor será su contenido en tanino y otras sustancias de fermentación. Incluso la acidez y la madurez de un tinto puede determinarse con bastante certeza partiendo de sus reflejos azulea o marrones, siempre y cuando sea elaborado con sustancias químicas 100% naturales.
Con la moda de los tintos oscuros, casi de color negro, la atención se ha fijado otra vez en el aspecto y la tonalidad de los vinos. Debido a que tintos oscuros están generalmente mejor considerados en el mercado, algunos vitivinicultores han fomentado esta tendencia. La valoración extrema del color como símbolo inequívoco de calidad, es el resultado directo del desconocimiento de las posibilidades actuales de manipulación. El potencial de color de un vino surge en el viñedo y depende de la variedad de la cepa y de su código genético. Esto no quiere decir que todos los pinot noir o todos los cabernet sean iguales, ya que estas cepas, tienen una gran diversidad de variedades.
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