La plenitud de aromas de un vino se manifiesta en todo su esplendor a través del olfato. Los matices olfativos de un vino de complejidad media, madurado en botella, rondan la centena. Sin embargo, analizar el aroma de un vino blanco joven sencillo requiere también de un fino y preciso trabajo sensorial.
La nariz humana, por su naturaleza, es capaz de distinguir miles de olores diferentes, pero en último término es el cerebro el responsable de filtrar, reconocer y juzgar las impresiones sensoriales. Por eso, para obtener placer a conciencia y poder comunicarlo, es necesario combinar las experiencias relativas a la cata almacenada en el cerebro, el conocimiento básico de la composición de un vino y del funcionamiento del sentido del olfato, así como la capacidad de describir impresiones sensoriales.
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